¡HASTA AHORA NO HAN
PEDIDO NADA EN MI NOMBRE!
En el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis…¿Qué
padre de entre ustedes,
si su hijo le pide pescado, le da
una serpiente;
o si le pide un huevo, le pasa un
escorpión?
Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos,
¿Cuánto más el Padre del Cielo
dará Espíritu Santo a los que se lo pidan?
(Lc 11, 11-13)
A. ORACIÓN AL PADRE DIOS:
Antes del tiempo existía Dios…
Pero a Dios nadie le había
visto jamás:
es el Hijo Unigénito, que
está en el seno del Padre,
quien nos lo ha contado (Jn
1,16).
¡Señor Jesucristo, Hijo
Unigénito!
tú nos enseñaste que Dios
es un Padre para la Humanidad
y que Él creó el mundo sólo
por amor.
Nos contaste la parábola
del Hijo Pródigo (Lc 15,11)
para que comprendiéramos
que el Padre Dios nos ama
por encima de todas
nuestras traiciones y abandonos,
y que sale todos los días a
mirar por el camino,
si vamos de vuelta a casa,
porque quiere volvernos a
tener
como hijos de familia...
Nos contaste, además,
que habrá más alegría en el
cielo
por un solo pecador que
vuelva a la casa del Padre
que por los 99 justos que
permanecen en ella (Lc 15,6).
Otra vez nos dijiste
que «tanto
amó el Padre Dios al mundo
que dio su Hijo Unigénito para que todo el que crea
en él
no perezca sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para
juzgar al mundo
sino para que el mundo se salve por él». (Jn 3,16).
¡Señor Jesucristo!
Ayúdanos
a sentir que Dios es un Padre,
Padre de todo cuanto existe
y que es mi Padre…
Para que conozcamos al Padre Dios
Y estemos unidos con nuestros hermanos en el amor,
Digamos la oración que Tú mismo nos enseñaste:
¡Padre nuestro que estás en
el cielo!
Santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la
tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de
cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la
tentación
y líbranos del mal. Amén!
B. ORACION AL HIJO DE DIOS:
¡Señor
Jesucristo, Verbo de Dios hecho carne!,
tú
quisiste, a través de un misterio enorme,
tomar
cuerpo humano en el seno de la Virgen María,
para
bajarte hasta el nivel de la raza humana,
encumbrarla
hasta el nivel de la naturaleza divina
y
convertirnos en hijos de Dios y hermanos tuyos.
Quisiste
también, según lo dice el apóstol Pablo,
ofrecerte
al Padre en sacrificio de pasión y muerte
por
la redención del mundo,
para
que la humanidad fuera comprada a precio infinito para siempre:
«Sacrificios de becerros y
cabras ya no quisiste,
pero me has formado un
cuerpo;
holocaustos por el pecado no
te agradaron.
Entonces dije: “He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad”.
En virtud de esa voluntad
quedamos santificados merced a la oblación,
de una vez para siempre,
del cuerpo de Jesucristo»
(Hb 10,5).
Desde
entonces, como lo dice San Juan,
«de su plenitud hemos
recibido todos, gracia por gracia,
porque la Ley fue dada por
medio de Moisés;
la gracia y la verdad nos
han llegado por Jesucristo».
(Jn 1,16).
Por
todo esto te alabamos y te pedimos
nos
hagas participar en estos misterios
con
menos infidelidad y con más amor.
Y
ahora ¡Señor Jesucristo!
permítenos que te hagamos las mismas peticiones
que la gente te hizo cuando vivías en nuestra
tierra:
a. Con
tu Madre, María, te decimos:
«no
tienen vino…»:
¡Nos falta el vino de tu gracia!
Esa preocupación de María se convierte para Jesús
en súplica;
no importa que no haya llegado la hora de Jesús,
si se lo pide su Madre...
¡Tú me darás de tu mejor vino, por la intercesión
de María!
b. Con Marta, la hermana de Lázaro, te pedimos:
«-Señor,
si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Pero aun ahora sé que cuanto pidas a Dios,
Dios te lo concederá» (Jn 11,21).
¡Danos, como a Lázaro, resucitar a la vida eterna, ya que tú venciste
a la muerte!
c. Uniendo nuestra oración
a la del capitán romano, te pedimos:
«Señor, mi muchacho está en cama, paralizado y sufre terriblemente;
Señor, no soy digno de que entres en mi casa,
solo di una palabra y mi sirviente sanará» [Mt 8,5].
¡Danos una fe como la de este soldado romano!
d. Te pedimos también,
como la mujer samaritana:
–«Señor, dame de esa agua, la que se hace manantial dentro del alma
y brota para la vida eterna,
para que no tenga más sed». ( Jn 4,15).
e. Uniéndonos a la
inspiración del poeta A. Machado,
te proclamamos manantial de nueva
vida y divina acequia
que desborda gracias redentoras:
Anoche, cuando
dormía,
Soñé,
bendita ilusión,
Que una
fontana fluía
Dentro de
mi corazón;
Di, ¿por
qué acequia escondida,
¡Agua!
Llegas hasta mí...
Manantial
de nueva vida,
En donde
nunca bebí?
Anoche,
cuando dormía,
Soñé,
¡bendita ilusión!
Que era
Dios lo que tenía
Dentro de
mi corazón!
f. Repitiendo la oración
del Buen Ladrón en la cruz,
te pedimos: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino»
y respóndenos como a él: «hoy mismo estarás conmigo en el paraíso»
(Lc 23,40).
g. Con la mujer Cananea te
pedimos:
«Señor, socórreme…porque los perritos también comen
de las migajas que caen de la mesa de sus amos…».
Danos la fe, humildad y amor de esta mujer pagana
de la que dijiste: «mujer, grande es tu fe,
que te suceda lo que deseas» [Mt
15,25].
h. Te pedimos, como lo
hizo el padre del endemoniado epiléptico,
con voz que fue un grito anhelante:
«¡Señor, creo, pero ayuda mi poca fe»!. [Mc 9,24]
i. Finalmente, Señor
Jesucristo, uniéndonos a tu propia oración atormentada,
decimos: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz,
pero… no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42).
Y cuando estemos sumidos en esta angustia,
envíanos un ángel para confortarnos y danos la fortaleza de seguir
pidiendo:
¡no se
haga mi voluntad sino la tuya!
C. ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO:
El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y el
Espíritu del Hijo,
con los que se identifica plenamente,
aunque es una persona distinta.
¡Señor Jesucristo!
que en la noche de la última cena
declaraste a los
apóstoles:
«Les
he dicho todo esto mientras estaba con ustedes.
En
adelante el Espíritu Santo, Consolador,
que
el Padre les va a enviar en mi nombre,
les
enseñará todas las cosas
y
les recordará todo lo que yo les he dicho». (Jn 14, 26).
Alcánzanos de tu Padre el Espíritu Santo
prometido
para que nos enseñe a conocer y amar al Padre Dios y al Hijo Redentor;
nos enseñe también a comprender el mensaje de tu Evangelio
y a ponerlo en práctica en nuestra vida.
Te lo pedimos apoyados en tu palabra que nos dijo:
«Todo lo que pidan al Padre en mi nombre Él se
lo dará;
hasta ahora nada han pedido al Padre en mi
nombre.
Pidan y recibirán y su gozo será completo» (Jn
16,24).
Si ustedes, que son malos, saben dar cosas
buenas a sus hijos,
¿Cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu
Santo a los que se lo pidan? (Lc 11, 11-13).
Te lo pedimos
cantando, ahora que tanta falta parece estar haciendo
la acción del
Espíritu Santo en la Iglesia de Dios,
en sus sacerdotes y
en cada uno de sus fieles:
Bautízame,
Señor, con tu Espíritu/ y déjame sentir el fuego de tu amor/ aquí en mi
corazón, Señor./ Lávame, Señor, con tu Espíritu/ y déjame sentir el fuego de tu
amor/ aquí en mi corazón, Señor/ Inúndame, Señor, con tu Espíritu/ y déjame
sentir el fuego de tu amor/ aquí en mi corazón, Señor/ Lléname, Señor, con tu
Espíritu/ y déjame sentir el fuego de tu amor/ aquí en mi corazón, Señor/
Transfórmame, Señor, con tu Espíritu/ y déjame sentir el fuego de tu amor/ aquí
en mi corazón, Señor/
D. ALABANZA
A LA SS. TRINIDAD:
¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén
E. ORACIÓN
A LA VIRGEN MARÍA:
Que el arcángel
Gabriel nos enseñe a saludar a María,
con la reverencia
con que él lo hizo,
consciente de que el
comienzo de la redención del mundo
y de cada uno de
nosotros
dependía de la
respuesta de María al plan de Dios.
¡Gracias, Madre
santísima, por haber sido tú,
con tu hágase,
la que dio paso a la hominización del verbo de dios
y a la divinización de la raza humana,
tremendo misterio que estremeció de jubilo
al cosmos entero:
*El ángel
del Señor anunció a María y ella concibió por obra del Espíritu Santo.
¡Alégrate María, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas
las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. ¡Santa María, Madre de
Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
*He
aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. ¡Alégrate María,
llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y
bendito es el fruto
de tu vientre, Jesús. ¡Santa María, Madre de Dios! ruega por nosotros
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
*Y
el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. ¡Alégrate María, llena de
gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y bendito es
el fruto de tu vientre, Jesús! Santa María..
Ruega
por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las
promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo. Oración: Te suplicamos. Señor,
que derrames tu gracia en nuestras almas, para que los que por el anuncio del ángel
hemos conocido la encarnación de tu Hijo Jesucristo, por su pasión y por su
cruz, seamos llevados a la gloria de su Resurrección, por el mismo Jesucristo
nuestro Señor. Amén
F. ORACIÓN A SAN JOSÉ:
¡San
José!, que fuiste elegido por Dios, con amorosa providencia,
para
esposo de la Virgen María, para padre adoptivo del Verbo Encarnado
y para
ser cabeza de la Sagrada Familia,
te
pedimos que, por el amor que tuviste en este mundo a Jesús y María,
los dos
tesoros de tu corazón,
nos
alcances la gracia de conocer y amar, cada día más,
a tu
Hijo, el enviado del Padre, y a María su madre,
por
quien entró la salvación en el mundo.
San
José, nuestro patrono,
protege
a nuestra familia y a la familia de nuestros hijos, NN,
para
que en nuestras relaciones familiares
tratemos
de imitar las que tú guardaste en tu
vida terrena
con
Jesús y María;
ayúdanos
también, a todos y cada uno,
en
nuestras necesidades de salud, económicas, de trabajo
y en
las relaciones que debemos guardar con los que nos rodean. Amén
¡Jesús, José y María!
os doy el corazón y el alma mía.
¡Jesús, José y María!
asistidme en la última agonía.
¡Jesús, José y María!
descanse en paz con vos el alma
mía.
G. AL ANGEL CUSTODIO:
¡Ángel de Dios, bajo cuya custodia
me puso el Señor con amorosa piedad, a mí que soy vuestro encomendado,
alumbradme hoy, guardadme, regidme y gobernadme! Amén ¡Angelito de mi guarda, mi grata
compañía! No me desampares ni de noche ni de día, hasta que me pongas en la
dulce compañía, de Jesús, José y María. Amén
H. ORACIÓN DE NUESTRO HIJO:
¡Señor
Jesucristo! al rezar ahora la misma oración
que
decía nuestro hijo Jorgito Oswaldo,
te
pedimos por tu pasión, muerte y resurrección,
le
hagas gozar a él –una vez que ha pasado ya por la prueba suprema de la muerte–
de la
vida eterna y de la bienaventuranza que tú prometiste a los que creen en ti.
¡Concédenos
que así, él se convierta para nosotros en
EL
ÁNGEL DE LA FAMILIA!:
«¡Señor
Jesucristo te necesito!
Gracias
por morir en la cruz por mis pecados.
¡Toma
el control de mi vida y haz de mí la persona que tú quieres que sea!»
I. Te pedimos también que todos los
miembros de nuestras familias (NN, NN), que han muerto en tu misericordia, sean
partícipes de tu Resurrección: Que las almas de los fieles difuntos, por la
misericordia de Dios, descansen en paz: dales, Señor, el descanso eterno y
brille para ellos la luz perpetua. (Un instante para añadir a otras personas)
DESPEDIDA:
¡Seas por siempre bendito y
alabado
mi dulcísimo Jesús por mi amor
sacramentado!
Me voy dulce amor mío, mi amor
sacramentado,
me voy, pero a tu lado, te dejo el
corazón.
Virgen María, Madre de Dios,
dame piadosa tu bendición. Amén
Actualizada, el lunes
22/feb/2016
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