DESCARTES REGLAS PARA LA DIRECCIÓN DE LA MENTE

REGLAS PARA LA DIRECCION DE LA MENTE

René Descartes, RD            
Ediciones Orbis S.A., Barcelona, 1983

REGLAS PARA LA DIRECCION DE LA MENTE («Regulae ad directionem ingenii)

PROLOGO

1    Vida y dimensiones filosóficas de Renè Descartes, RD

2    Historia del manuscrito de las reglas

3    Sobre la fecha de las reglas

      + Planteamiento del problema

      + Datos autobiográficos de las reglas

      + Razones derivadas de la doctrina misma de las reglas

4    Plan y objeto de la obra

BIBLIOGRAFIA

REGLAS PARA LA DIRECCION DE LA MENTE  (Solo es un apretado resumen formulado por el mismo RD)

Regla I: El fin de los estudios debe ser dar al espíritu o la mente una dirección que le permita formular juicios sólidos y verdaderos sobre todo lo que se presenta a él.

Regla II: Solamente hemos de ocuparnos de aquellos objetos para cuyo conocimiento cierto e indudable parecen ser suficientes nuestras mentes.

Regla III: Por lo que respecta a los objetos o temas considerados, no es lo que otro piensa o lo que nosotros mismos conjeturamos lo que hay que buscar, sino lo que nosotros podemos ver por intuición con claridad y evidencia, o lo que nosotros podemos deducir con certeza: no es otra, en efecto, la manera en que se adquiere la ciencia.

Regla IV: Para la investigación de la verdad de las cosas es necesario el Método.
 
Regla V: Todo el método consiste en el orden y disposición de los objetos sobre los cuales hay que centrar la penetración de la inteligencia para descubrir la verdad. Nos mantendremos cuidadosamente fieles a él si reducimos gradualmente las proposiciones complicadas a proposiciones más simples, y luego, si partiendo de la intuición de las que son las más simples de todas, procuramos elevarnos por los mismos escalones o grados al conocimiento de todo lo demás.

Regla VI: Para distinguir las cosas más simples de las que son complicadas y poner orden en su investigación, es preciso, en cada serie de cosas en que hemos deducido directamente unas verdades de otras, caer en la cuenta de qué es lo más simple y de cómo todo lo demás está más, menos o igualmente alejado de ello.

Regla VII: Para llevar a su complexión la ciencia es preciso recorrer una a una todas las cosas que pertenecen al fin que nos hemos propuesto, mediante un movimiento de pensamiento continuo e ininterrumpido, y es preciso abarcarlas en una enumeración suficiente y metódica.

Regla VIII: Si en la serie de cosas que hay que buscar, se presenta alguna cosa que nuestro entendimiento no pueda ver bastante bien por medio de la intuición, es preciso detenerse en ella, y no hay que examinar las cosas que siguen, sino abstenerse de un trabajo superfluo.

Regla IX: Hay que dirigir toda la penetración de nuestro espíritu o mente a lo que es menos importante y más fácil. Y es conveniente que nos detengamos en ello bastante tiempo, hasta que hayamos adquirido el hábito de ver la verdad por intuición de una manera distinta y clara.

Regla X: Para que el espíritu se haga sagaz, es preciso ejercitarlo en buscar lo que ha sido ya hallado por otros y en recorrer de maneta metódica todas las artes ú oficios de los hombres, aun los menos importantes, y sobre todo aquellos que manifiestan o suponen el orden.

Regla XI: Después de la intuición de algunas proposiciones simples, cuando sacamos de ellas otra conclusión, es útil recorrer las mismas proposiciones, en un movimiento continuo y completamente ininterrumpido del pensamiento, reflexionar en sus diversas relaciones mutuas y concebir de manera distinta varias de ellas a la vez, en la medida de lo posible; de esta manera, en efecto, nuestro conocimiento se hace mucho más cierto y se aumenta sobre todo la extensión de nuestro espíritu.
 
Regla XII: Finalmente es preciso servirse de todas las ayudas del entendimiento, de la imaginación, de los sentidos y de la memoria, bien sea para tener una intuición distinta de las proposiciones simples, bien sea para establecer entre las cosas que uno busca y las que uno sabe, una vinculación adecuada que permita reconocerlas, bien sea para encontrar las cosas que deben ser comparadas entre sí, sin descuidar ningún recurso del ingenio o industria humanos.

Regla XIII: Si nosotros comprendemos perfectamente una cuestión, es preciso abstraerla de todo concepto superfluo, reducirla a su mayor simplicidad y dividirla en partes tan menudas como sea posible, enumerándolas.

Regla XIV: La misma regla debe aplicarse a la extensión real de los cuerpos y propuesta por entero a la imaginación con ayuda de figuras puras y desnudas: de esta manera, en efecto, será comprendida con mucha mayor distinción o claridad por el entendimiento.

Regla XV: Es también útil trazar de ordinario estas figuras y presentarlas a los sentidos externos, a fin de que sea más fácil por este medio mantener atento nuestro entendimiento.

Regla XVI: Las cosas, empero, que no requieren una atención actual o inmediata de la inteligencia, aun cuando sean necesarias para la conclusión, vale más designarlas por las notaciones más breves que por medio de figuras enteras: de esta manera la memoria no podrá equivocarse y, no obstante, durante este tiempo el pensamiento no se distraerá en el intento de retenerlas, mientras se aplica a otras deducciones.

Regla XVII: La dificultad propuesta debe ser recorrida directamente, haciendo en ella la abstracción del hecho de que algunos de sus términos sean conocidos y otros desconocidos, y examinando por intuición la mutua dependencia de cada uno de ellos respecto de los demás, gracias a los razonamientos verdaderos.

Regla XVIII: Para eso se requieren tan solo 4 operaciones: adición, sustracción, multiplicación y división; entre ellas las dos últimas no deben con frecuencia hacerse aquí, bien sea para no complicar nada a la ligera, bien porque pueden ser más fácilmente efectuadas más adelante.

Regla XIX: Por medio de este método de razonar, hay que buscar tantas magnitudes expresadas de dos maneras diferentes, cuantos son los términos desconocidos que suponemos conocidos para recorrer directamente la dificultad: de esta manera, en efecto, se tendrán otras tantas comparaciones entre dos cosas iguales.
 
Regla XX: Una vez halladas las ecuaciones, es preciso efectuar las operaciones que hemos dejado de lado, sin servirnos nunca de la multiplicación, siempre que haya lugar a proceder por medio de la división.

Regla XXI: Si se tienen varias ecuaciones de esta clase, es preciso reducirlas todas a una sola, es decir, a aquellas cuyos terminos ocupen los menos grados posibles en la serie de las magnitudes continuamente proporcionales, según la cual los mismos términos deben estar ordenados.

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