Resumen de la crisis

RESUMEN DE LA CRISIS DE LA IGLESIA CATÓLICA
El estudio ampliado «¿Qué pasa Iglesia» fue realizado por los jesuitas Xavier Alegre, Josep Giménez, José Ignacio González Faus y Josep M. Rambla, miembros de la Fundación catalana Lluís Espinal, en febrero de 2008. El resumen es de JAN
1.    Planteamiento
La sociedad está convencida de que la Iglesia está en profunda crisis. Para algunos ha llegado la agonía. Prueba de esta crisis es la multitudinaria defección de los bautizados: un 1% anual, según libro publicado por la Asociación de Teólogos del Tercer Mundo. Cuando los “pródigos” bautizados tratan de encontrar algún tipo de alimento espiritual lo buscan donde quiera, menos en la Iglesia. Lo más grave es la reacción de la Iglesia ante las observaciones que se le hacen: adopta una posición defensiva, atribuyendo todo al intento malévolo de hacer daño a la Iglesia. Pero nunca se dice: -“¿Después de todo, no habré hecho mal alguna cosa?”. En los índices de credibilidad y estima pública la Iglesia está bien bajo: en España tiene 4,4, por debajo del Parlamento.
2.    Objetivo de este estudio
-Al afrontar esta situación no pretendemos que nosotros lo haríamos mejor; sólo queremos que la Institución sea capaz de preguntarse con humildad si estaremos haciendo mal alguna cosa. Hay cristianos excelentes que merecen una Iglesia mejor. Quizá se solucionaría el problema dando cabida a todas las tendencias que hay en la Iglesia, sin imponer una sola como la única verdadera, rechazando a todas las demás. Hay que afrontar la crisis sin rechazar los hechos y sin señalar culpables sólo en los factores externos.
3.     Primera aproximación
Lo que mejor resume la crisis es la ocupación de todo el espacio eclesial por una sola forma (la más extremadamente reaccionaria) de concebir el cristianismo, con el afán expreso de excluir, expulsar y negar espacio eclesial a otras formas de ser cristiano, a las que se etiqueta con calificativos de radical heterodoxia. Esta absolutez pretende imponer su propia verdad contra la caridad,  y en contra de la gran pluralidad de la Iglesia primera que refleja la Biblia. Es, además, fuente de increíbles sufrimientos para muchos otros miembros de la Iglesia. Sigue insistiendo  en desautorizar la realidad y enrocarse en unas minorías ajenas a la historia (e interesadas muchas veces), limitándose a culpabilizar a los demás, para no preguntarse si es que nosotros hemos hecho algo mal, y qué tendríamos que hacer.
4.     El camino
El camino podría ser que la Iglesia deje de ser Maestra y se convierta, como madre, en mistagoga en los misterios de Dios, un Dios que se caracterizó como Abba (papacito) y como liberador de todo lo inhumano hacia el Reino de Dios que significa destronamiento de los poderes que quieren estorbarlo. Pero la Iglesia se ha mostrado incapaz de asumir este papel que Rahner (un eminente teólogo jesuita) juzgo imprescindible hace cuarenta años: los cristianos del futuro tendrán la mística de la experiencia de Dios o no serán cristianos. Ha preferido enrocarse en las torres de las 5 llagas.
5.     Las 5 llagas

 * No ser Iglesia de los pobres
 
 *Del jerarcocentrismo al

 * Eclesiocentrismo institucional

 * De ahí al romanocentrismo: infidelidad ecuménica

 * Helenocentrismo: Problema hermenéutico y necesidad de una nueva inculturación del cristianismo en el mundo moderno

6.    CONCLUSIÓN
 
Quisiéramos haber escrito estas páginas desde las actitudes siguientes:
– Convencidos de lo dicho, sin que ello suponga que pretendemos tener toda la verdad. Sólo queremos ser una palabra en un diálogo más amplio, no excluida de antemano.
– Testificando abiertamente nuestro amor a la Iglesia. Sin él, hubiese sido más cómodo y menos peligroso cerrar los ojos y dedicarnos a una vida más tranquila.
– Sin pretender abrir puertas amplias a eso que en castellano se llama un “ancha es Castilla”, sabemos que la puerta del Reino de Dios es estrecha (Lc 13, 24). O, en todo caso, si Castilla es “ancha”, podríamos seguir la metáfora evocando que es también sobria, dura, difícil, y fuente de esa honestidad que dio origen a la expresión de “castellano viejo”.
– No quisiéramos perder la identidad del Dios Agape (comunión de modos personales de ser único), ni de Jesús Palabra de ese Dios hecha carne, ni del Espíritu fuerza de entrega de ese Dios (revelado y salvador).
– Ni pretendemos negar que el cristianismo parte de un escándalo fundamental que es el de la Cruz (escándalo para los de dentro y locura para los de fuera: 1 Cor 1,23). Pero sí que –como advirtió hace años J. Ratzinger– no se utilice ese escándalo para justificar cosas ajenas a él como nuestra pereza, nuestro miedo, nuestro sectarismo, nuestro afán de poder...
– De ningún modo buscamos ser la única palabra en el seno de la comunidad creyente, ni la aceptación universal de cuanto hemos dicho. Queremos ser en la Iglesia sólo una palabra, para la que reivindicamos el derecho a ser pronunciada, el respeto y el que no se vea desautorizada simplemente por ser molesta 27. La revelación de Dios no dice nada (o muy poco) sobre investigación histórica, ni sobre naturaleza y evolución de la sexualidad, ni sobre problemas de bioética, ni sobre la mujer y su papel. Son problemas que ha de resolver la razón humana dialogante; no soberana pero sí autónoma. Y la Iglesia institución parece querer convertirse de guardiana de la revelación en propietaria de la razón. Al apelar a la razón y su búsqueda de universalidad, no pretendemos comulgar con ruedas de molino como tampoco con ruedas de progreso. Sino con el cuerpo y la sangre de Jesús: con su persona entregada y su vida comunicada para que todos tengan vida en una nueva forma de relación con Dios. Quisiéramos evitar desastres como los de la Reforma protestante, y peticiones o arrepentimientos tardíos como los de Trento (que pese a eso, en sus decretos de reforma encontró increíbles resistencias).
La experiencia enseña, y es motivo para esperar, que en la historia nunca se progresa por revoluciones que salen bien, sino por sangre de mártires que fecunda un seno estéril (¡algo parecido sucede también en la historia política de los pueblos!): cosas que son rechazadas, a veces acaloradamente, acaban pasando tácitamente a formar parte del modo de  ver de quienes las rechazaron. Eclesiales ante todo.
Así pues: nos ha movido a redactar este documento, además de la necesidad de “consolar al pueblo de Dios” (Is 40,1) o a buena parte de él, la convicción de que el cristianismo tiene hoy una hora evangelizadora muy importante que no debería dejar pasar. Recordemos lo dicho al comenzar: Rahner profetizó que el cristiano del siglo XXI sería un “místico” o no sería cristiano. Y nuestra Iglesia se ha vuelto incapaz de iniciar en una verdadera experiencia espiritual: faltan en ella auténticos “mistagogos” (maestros del espíritu) y sobran pretendidos maestros de la razón moral. Y esto sucede en un momento en que la crisis de la Modernidad (proclamada ya por Nietzsche, y luego por la llamada postmodernidad) despierta en muchos un hambre de espiritualidad. La Modernidad creyó que los grandes valores por los que acabó rompiendo con el cristianismo –libertad y derechos humanos– brotaban exclusivamente de la razón humana. No percibió que su fuente más radical era cien por cien evangélica y derivaba de la experiencia de Dios comunicada por Jesús de Nazaret. Ocurrió aquí lo que más tarde escribiría el cardenal Y. Congar: “cuando la Iglesia olvida unos valores evangélicos, Dios los hace aparecer fuera de ella”. Así se comprende la otra ironía de G. K. Chesterton cuando afirmaba que el mundo moderno está “lleno de ideas cristianas que se han vuelto locas”.
En efecto: la libertad y los derechos humanos constituyen la quintaesencia de la posición del cristiano ante la historia (que Jesús formulaba como llamada al Reinado de Dios). La antropología cristiana subraya la coincidencia (al menos dinámica) entre libertad y amor, mostrando que nuestra libertad no consiste en la afirmación del ego sino en la entrega amorosa y razonable de nosotros mismos. Los derechos humanos no acaban de poder sustentarse en una pálida afirmación de la naturaleza humana, sino que se fundamentan en la dignidad divina del ser humano, imagen y semejanza de Dios, hijo de Dios y recapitulado en Jesucristo. Sin este fundamento (y aunque los valores de la Modernidad pueden calificarse como profundamente racionales), mucha gente tiende hoy a pensar que aquellos grandes ideales no pasan de ser sueños adolescentes que hay que abandonar cuando la persona madura y crece.
A esto se añade (en un mundo globalizado) la crítica a la razón occidental que esgrimen muchas gentes del Asia para no aceptar los derechos humanos (o, al menos, nuestra versión de ellos). Ha habido, por eso, casos de retorno al cristianismo como “única tabla de salvación” para  la Modernidad o, al menos, retorno a la necesidad de dejar abierta la puerta a la trascendencia, para evitar esa trágica “dialéctica de la Ilustración” que parece habernos traído la historia posterior. 
A pesar de sus infidelidades debemos a la institución eclesial la transmisión de los evangelios y de la persona y vida del Dios encarnado. También nosotros podemos ejercer esta crítica desde la Iglesia y en plena conformidad con su enseñanza sobre la opinión pública, cosa que no sabemos si sería posible dentro de otras instituciones públicas.
Desde estos presupuestos, concluimos con una clara y explícita confesión de nuestra eclesialidad y de nuestra alegría –a pesar de todo– por pertenecer a la Iglesia. Y quisiéramos seguir el ejemplo de fidelidad auténtica que recibimos de tantos maestros de los que hoy nos sentimos orgullosos (Blondel, Teilhard, Congar, Rahner, Arrupe...) porque, aunque fueron tachados y denostados como rebeldes, supieron mostrar con sus vidas y con su sufrimiento que amaban a la Iglesia “hasta el final”, y que su rebeldía era sólo el adjetivo necesario de una fidelidad mucho más sustantiva. Evocaremos por eso, para terminar, unas palabras que recordaba el último general de los jesuitas, en el centenario del nacimiento de Pedro Arrupe (2007): También el P. Arrupe fue probado en su amor a la Iglesia. Su esfuerzo por renovar la Compañía, conforme al ritmo dinámico del Vaticano II, encontró incomprensión por parte de algunos e incluso intervenciones por parte de la Iglesia, a la que amaba con corazón ignaciano.
Ambos, S. José Pignatelli y Pedro Arrupe se adentraron en el misterio de una voluntad de Dios que exige sacrificios por la vida de la Iglesia y que algunas veces impone el deber de sufrir con amorosa humildad, a manos de la Iglesia.
NOTA1:        Defecto del estudio: FALTA DE PRECISIÓN SOBRE QUÉ ELEMETOS DE LA INSTITUCIÓN “IGLESIA” afecta la crisis: son varios los elementos constitutivos de la Iglesia, como la (i) Jerarquía Suprema (Santa Sede); (ii) Jerarquía inferior (Obispos y párrocos); (iii) La autenticidad del mensaje de Jesucristo; (iv)  Comunicación del mensaje (evangelización, predicación, enseñanza en institutos, preparación teológica-humana-espiritual de los evangelizadores) (iv) Pueblo cristiano (grado de asimilación del mensaje, praxis, vida cristiana); (v) Papel que juegan en la crisis los factores externos adversos, como el hedonismo, modernismo, materialismo, consumismo y globalización.
¿Cuáles de estos elementos han sido afectados por la crisis? ¿A qué elemento han afectado las llagas descritas? Hay que distinguir estos aspectos, caso contrario se incurriría en generalidades no aplicables al diagnóstico ni a los remedios.
 

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