LA AZUCENA BLANCA

LA AZUCENA DE MI MADRE

Crecía en un surco
del huerto de casa:
¡temblor de prenuncios
en su cáliz guarda…!
Como aman las madres
entregando el alma
así, con delirio,
para mí la amaba.
Presentía que esa
flor inmaculada
encerraba signos
de ignotas palabras.
 
Un día del tronco
la cortó con ansia,
la cubrió de besos
mi madre adorada;
puso en sus tres pétalos
temblando sus lágrimas,
y en su tallo verde
una cinta blanca;
y luego, anhelante,
la dejó en las aras
de un altar de mayo
que ardía en su sala.
 
¡Oh virgen de mayo
-le dijo, postrada-
que mi hijo la guarde
como hoy siempre blanca!
La prende a mi pecho
con maternas ansias
y quedo mirando
la azucena blanca.
-Si amas a tu madre,
hijo de mi alma,
tenla blanca siempre,
dame tu palabra.
Y el niño de entonces
le dio su palabra
cerrando su puño
sobre su solapa.
 
El tiempo ha corrido,
él parte de casa:
el niño hecho hombre
a vivir se lanza…
Y el mundo se tiende,
alfombra dorada,
bajo el anhelante
paso de su marcha;
una de sus sendas
guarda una emboscada;
la noche, la muerte
rondan sus pisadas.
 
De pronto la guerra
enluta la patria
y el niño de antes
empuña las armas…
Allá en la trinchera
dan grito de “al arma”,
rugen los cañones
y el furor se ensaña.
¡Doquier muerte y sangre
alzan lumbre cárdena
y allí se revuelve
una ola trágica!
 
Un plomo enemigo
su pecho desgarra:
la sangre enrojece
aquella flor blanca…!
Y entre convulsiones
que el músculo matan
y entre las quietudes
de la última calma,
una voz del cielo
una voz lejana
con fervor materno
resuena en su alma:
-¡Soldado valiente
de pecho escarlata
dime que conservas
la azucena blanca”!
Mas nadie contesta
hay quietud y calma,
sólo el viento gime
sobre la explanada.
 
¿Es trágico signo,
condición humana,
es castigo duro,
providencia magna
que el hombre no alcance
a batir sus alas
sin quebrar al paso
alguna esperanza?
¡Cosas para verlas
sin decir palabra,
cosas para amarlas
sin preguntar nada…!
La ley de la vida,
paradoja extraña,
la blanca azucena
tiñó de escarlata…
 
Hoy sobre su tumba
una cruz se alza
rústica y enhiesta,
blanca y escarlata.
 
Jorge Andrade    (Cotocollao, 1952)

 

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