JESUCRISTO

¡SEÑOR JESUCRISTO!

Dios ensalza a Jesús

a.    Lc 2,13: hoy ha nacido un salvador
El ángel les dijo: –Hoy ha nacido para ustedes en la ciudad de David un Salvador. Multitud de seres celestiales cantaban: ¡Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra, gracia y paz a los hombres!

b.    Lc 2,28: salvador de las naciones
Simeón dijo: Señor, mis ojos han visto a tu Salvador, que preparaste para presentarlo a todas las naciones, Luz para iluminar a todos los pueblos y Gloria de tu pueblo de Israel.

c.     Mt 3,16: Este es mi Hijo, el Amado
Una vez bautizado, Jesús salió del río. De repente se le abrieron los cielos y vio (Juan Bautista) al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre él y…una voz celestial decía: Este es mi Hijo, el Amado, éste es mi Elegido.

d.     Jn 1,29: Cordero de Dios el que quita el pecado del mundo
Juan (Bautista) vio a Jesús que venía y exclamó: –He ahí el Cordero de Dios el que carga con el pecado del mundo…Y Juan testificó: –he visto al Espíritu bajar del cielo como paloma y quedarse sobre él. Yo no lo conocía, pero Dios que me envió a bautizar con agua, me dijo también: –Verás al Espíritu bajar sobre aquel que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él. ¡Yo lo he visto! Por eso puedo decir que este es el Elegido de Dios.

e.     Mt 17,2:
Seis días después, Jesús tomo consigo a Pedro, Santiago y Juan, su hermano, y los llevó a un cerro alto lejos de todo. En presencia de ellos Jesús cambió de aspecto: su cara brillaba como el sol y su ropa se puso resplandeciente como la luz. En ese momento se le aparecieron Moisés y Elías hablando con Jesús. Pedro entonces dijo: –Señor, qué bueno que estemos aquí. Si quieres voy a levantar aquí tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

f.    Mt 16,15: este es mi hijo amado en quien me complazco
–¿Quién dice la gente que soy yo? y Jesús les preguntó: –¿y ustedes quién dicen que soy yo? Simón Pedro contestó: –Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le dijo: –Feliz eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo enseñó la carne ni la sangre sino mi Padre que está en los Cielos.

g.    Jn 6,68: tú tienes palabras de vida eterna
Jesús preguntó a los doce: –¿Quieren dejarme también ustedes? Pedro contestó: –¿Señor a quién iríamos? Tu tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tu eres el Santo de Dios.

Peticiones del pueblo santo a Jesús

a.    Jn 2,1-11: ¡no tienen vino…!
Con María, tu madre y madre nuestra, te decimos: «no tienen vino…»: ¡Nos falta el vino de tu gracia! Esa preocupación de María se convierte para ti en súplica; no importa que no haya llegado todavía tu hora, si te lo pide tu Madre …Tú me darás el mejor vino, por la intercesión de María, tu Madre.

b.    Jn 11,21: si hubieras estado aquí…
Marta, pues, dijo a Jesús: Si hubieras estado aquí, mi hermano Lázaro no habría muerto. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá. -Tu hermano resuscitará.

c.    Mt 8,5: no soy digno de que entres en mi casa
…en Cafarnaún se le presentó un capitán que le suplicaba: -Señor, mi muchacho está en cama, paralizado y sufre terriblemente. Jesús le dijo: -yo iré a sanarlo. El capitán: -Señor, no soy digno de que entres en mi casa, solo dí una palabra y mi sirviente sanará.

d.    Jn 4,15: Señor, dame de esa agua
La mujer (samaritana) le dijo: -Señor, dame de esa agua (la que se hace manantial que brota para vida eterna) para que no sufra más sed, ni tenga que volver aquí a sacarla.

e.    Mt 15,22: los perritos comen las migajas
La cananea: -Jesús. hijo de David, ten compasión de mí, mi hija es atormentada por un demonio. -No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Pero la mujer se acercó y arrodillándose ante Jesús, le dijo: -Señor socórreme. Y Jesús: -no se debe echar a los perros el pan de los hijos. -Verdad, Señor, contestó la mujer, pero los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus patrones. Entonces Jesús: -¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.

f.    Lc 23,40: ¡acuérdate de mí…!
uno de los malhechores crucificado con él le dijo: –Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús respondió: -…hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.

g.    Mc 1,40: si quieres puedes limpiarme
Se le acercó un leproso, que de rodillas suplicó a Jesús: –Si quieres puedes limpiarme. Jesús tuvo compasión, extendió la mano, lo tocó y le dijo: –Yo lo quiero, queda limpio. Al instante se le quitó la lepra.

h.    Mc 9,24: Creo, pero aumenta mi fe
Te pedimos, como lo hizo el padre del endemoniado epiléptico, con voz que fue un grito anhelante: «¡Señor, creo pero ayuda mi poca fe»!. []

i.     Lc 22,42: aparta de mi este caliz, pero…
Finalmente, Señor Jesucristo, uniéndonos a tu oración atormentada, pedimos: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero… no se haga mi voluntad sino la tuya». Mc 15,33: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Textos densos

Jn 1, 118. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo. En el mundo estaba y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios.

Jn 1,16: Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí porque existía antes que yo”. Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

Jn 3, 1–ss: Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste a Jesús de noche y le dijo: Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él. Jesús le respondió: en verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios. Dícele Nicodemo: ¿cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer? Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: tenéis que nacer de nuevo…Respondió Nocodemo: ¿Cómo puede ser eso? Jesús le respondió: tú eres maestro en Israel y no sabes estas cosas?

Jn 3, 16–17: Porque tanto amó Dios al mundo que  dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado, pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Y el juicio está en que la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas.

Jn 4, 1–29: Llega, pues, (Jesús) a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí está el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, está sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta (mediodía). Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: dame de beber. Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dide la mujer samaritana: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que dice: dame de beber, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva. Le dice la mujer: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le respondió: todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le de, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le de se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna…(lo de los 5 maridos…)

Le dice la mujer: veo que eres un profeta: nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que es en Jerusalén el lugar donde se debe adorar. Jesús le dice: créeme, mujer, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu y los que adoran deben adorar en espíritu y verdad. Le dice la mujer: sé que va a venir el Mesías el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo desvelará todo. Jesús le dice: yo soy, el que está hablando contigo. (…) La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho, ¿no será el Cristo? Salieron de la ciudad e iban hacia él.

Jn 6, 48–59: Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo. Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne. Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resicitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Jn 7, 37–40: El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: si alguno tiene sed que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado. (BdeJ)

Jn 15, 1–17: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he dicho. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permenece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los regogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedir lo que queráis  y lo conseguiréis. La gloria del Padre está en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardais mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mo gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. ESTE ES EL MANDAMIENTO MÍO: QUE OS AMÉIS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida porf sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamaré ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. LO QUE OS MANDO ES QUE OS AMÉIS LOS UNOS A LOS OTROS».                                                                                                                                                                                          
Jn 17,3: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.

Jn 12, 24–25: En verdad en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna.

Si alguno me sirve, que me siga y donde yo esté allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? -¡Padre líbrame de esta hora! Pero si he llegado a esta hora para esto. Padre glorifica tu nombre. Vino entonces una voz del cielo: “Le he glorificado y de nuevo le glorificaré”. La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: –Le ha hablado un ángel.

El corazón de Jesucristo (BdeJ)

Jn 8, 1-11: mujer cogida en adulterio:
Pero de madrugada se presentó otras vez en el templo y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas uy fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas mujeres, ¿tú qué dices? Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra. E inclin´ndose de nuevo escribía en la tierra. Ellos al oir estas palabras se iban retirando, uno tras otro comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús, le dijo: mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: nadie, Señor. Jesús le dijo: tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más.

Lc 7, 36ss: el fariseo y la pecadora:
Un fariseo le rogó que comiera con él y, entrando a la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública. Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para él: si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le estaba tocando, pues es una pecadora. Jesús le respondió: Simón, tengo algo que decirte. El dijo: di, Maestro: un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientoos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos ¿quién de ellos le amará más, Respondió Simón: supongo que aquel a quien perdonó más. El le dijo: has juzgado bien. Y volviéndose hacia la mujer dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona poco amor muestra. Y le dijo a ella: tus pecados quedan perdonados. Los comensales comenzaron a decirse para sí: ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? Pero él dijo a la mujer: tu fe te ha salvado. Vete en paz.

Lc 10,25–37: parábola del buen samaritano:
Pero él (un legista), queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi projimo? Jesús le respondió: bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo. De igual modo un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verle, tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino, y le montó, luego, sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios y se los dio al posadero diciendo: cuida de él y si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? El dijo: el que practicó la misericordia con él. Dijo Jesús: vete y haz tú lo mismo.

Jn 13,1: amor extremo:
Antes de la fiesta de pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de oasar de este mundo al Padre, habendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Jn 13,34–35: mandamiento nuevo:
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.

Lc 15,1–10: la oveja perdida:
Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: éste acoge a los pecadores y come con ellos. Entonces les dijo esta parábola: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto y va a buscar la que se le perdió, hasta que la encuentra? Cuando la encuentra se la pone muy contento sobre sus hombros y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: alegraos conmigo porque he hallado la oveja que se me había perdido. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los 99 justos que no tengan necesidad de conversión.

Lc 15,11–32: el hijo pródigo (el padre bueno):
Dijo: Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y él les repartió la herencia. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se partió a un país lejano donde malgastó la herencia viviendo como un libertino. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo dijo: cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, iré a mi padre y le diré: padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado «hijo» tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre.

Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: Padre, pequé contra el cielo y ante ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: daos prisa, traed el mejor vestido y vestidle, ponerdle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano. El se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: hace tantos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡y ahora que ha vuelto ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado! Pero él le dijo: Hijo, tu siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo, pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.

(Lc 12, 1–ss) el amor de maría magdalena

Seis dían antes de la pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: ¿por qué no se ha vendido este perfume por 300 denarios y se los ha dado a los pobres? Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.

Jn 20,11–18: aparición a María Magdalena:

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: mujer ¿por qué lloras? Ella les respondió: porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto. Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré. Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: Rabbuní, que quiere decir: Maestro. Dícele Jesús: deja de tocarme que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios. Fue María Maddalena y dijo a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho estas palabras.

Lc 24,13–35: aparición a los discípulos de Emaús:

Aquel mismo día iban dos  de ellos a un pueblo llamado Emaús que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminaba a su lado. Pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. El les dijo ¿de qué discutís por el camino? Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: ¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí estos días? El les dijo ¿qué cosas? Ellos le dijeron: lo de Jesús el Nazareo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo: cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar, pero con todas estas cosas llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de la nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivia. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.

El les dijo: ¡oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para así entrar en su gloria? Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: quédate con nosotros porque atardece y el día ya ha declinado. Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: ¿no estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? Y levantándose al momento se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: ¡Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón. Ellos, por su parte, contaron lo que habían pasado en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan.

1 Jn 4,10: el amor está en que él nos amó primero

En esto está el amor: no, en que nosotros hubiéramos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y envió al hijo suyo, propiciación (algo agradable a Dios que le mueve a piedad y misericordia hacia nosotros) por nuestros pecados. Etc

la oblación perfecta de cristo

a.    purificación por la fe en jesucristo: Pero ahora, independiente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen –pues no hay diferencia; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios– y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación, por su propia sangre, mediante la fe para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, en tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser justo y justificador del que cree en Jesús. (Rm 3,25)

(No es el contacto de sangre animal con un objeto sagrado lo que reconcilia a Dios y al hombre. En la Pasión toda la suciedad del mundo contacta al todo Puro, Jesucristo, y por tanto con el Hijo de Dios mismo. La suciedad del mundo es absorbida y transformada por el dolor del infinito amor. Ahora está activa en la historia la fuerza antagonista de toda forma de mal. El bien es siempre más grande que el mal).

b.    Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrescáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; tal será vuestro culto espiritual (Rom 12, 1–2).

c.    Sin embargo, en algunos pasajes os he escrito con cierto atrevimiento, como para reactivar vuestros recuerdos, en virtud de la gracia que me ha sido otorgada por Dios, de ser para los gentiles ministro de Cristo Jesús, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo. (Rom 15, 15–16)

d.    cristo, sacerdote, se ofrece a sí mismo. Cristo ha entrado en el santuario, ya no para ofrecer la sangre de chivos o becerros, sino su propia sangre; ha entrado una sola vez y para siempre y ha obtenido para nosotros la salvación eterna…Pues por medio del Espíritu eterno, Cristo se ofreció a sí mismo a Dios como sacrificio sin mancha y su sangre limpia nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para que podamos servir al Dios viviente. (Hb 9,12)

e.    Y aunque mi sangre se derrame como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegro y congratulo con vosotros. De igual manera también vosotros alegraos y congratulaos conmigo (Fil 2, 17–18).

f.    San Pablo dice: «Si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo!» (Hb 9,13-14). Y Pablo concluye: «Por eso Cristo es mediador de una Nueva Alianza; para que (...) los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida» (Hb 9, 15).

g.    No teniendo la Ley más que una sombra de los bienes futuros, no la imagen de las cosas, no puede nunca mediante unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, dar la perfección a quienes se acercan a ellos. De otro modo, ¿no habrían cesado de ofrecerlos, al no tener ya conciencia de pecado los que ofrecen ese culto, una vez purificados? Al contrario, con ellos se renueva cada año el recuerdo de los pecados, pues es imposible que la sangre de toros y cabras borren los pecados (Hb 10, 1–4).

h.    Por eso, al entrar en este mundo dice: «sacrificio y oblación no quisiste, pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecaso no te agradaron. Entonces dije: he aquí que vengo –pues de mí está escrito en el rollo de libro– a hacer oh Dios tu voluntad» (Hb 10, 1–10).

(Dice primero sacrificios y oblaciones, holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron, cosas todas ofrecidas conforme a la Ley,) entonces añade he aquí que vengo a hacer tu voluntad. Abroga lo primero para establecer lo segundo. En virtud de esa voluntad quedamos santificados merced a la oblación, de una vez para siempre, del cuerpo de Jesucristo (Hb 10, 1-10).
 

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