El año 1942 hizo efectos profundos en mí: el Director de
la Escuela, hermano Remigio Germán, un excelente lasallano francés, puso sus
ojos en mí y en un íntimo amigo mío, Carlos Marcillo, para llevarnos a un
colegio-seminario que los Hermanos tenían en Cuenca. Nos formó espiritualmente
con gran maestría y habilidad todo el año, hasta ponernos a punto de aceptar y
desear ir a Cuenca. Sin más detalle, el 3 de agosto de 1943 emprendimos viaje a
Cuenca los tres (el hermano Germán, Carlos Marcillo y yo) e ingresamos al colegio
seminario San Benigno, al primer curso de bachillerato.
La despedida de mis padres y de la casa paterna, a mis 12
años, fue como una mordedura interior. La hora de la verdad, tan temida para
mí, llegó a las 6,30 de la mañana de ese 3 de agosto de 1943: yo era tímido e
hipersensible; la separación de la casa por primera vez me causaba un desgarro
entrañable. La despedida de mi mamá se dio en el zaguán de la casa, cerca de la
puerta de calle y estuvo confundida con voces quebradas, lágrimas y emociones desbordadas;
nunca me olvidaré que ella, tomándome de la cara con sus dos manos, me dijo
llorando sin control y como gritando: “anda, hijito, sé feliz y no sufras...”.
Ese momento no se podía decir nada más. Había más gente en este zaguán de la
última despedida… (tal vez algunos de mis hermanos y las empleadas de casa),
pero no me acuerdo de detalles. Traspuse la puerta de casa para siempre, y en
la calle me esperaba un taxi en donde estaban embarcados ya, el Hermano Germán
y mi amigo íntimo Carlos Marcillo; subí y partimos rumbo a la estación del
tren, en la parroquia Andrade Marín, dejando atrás todo aquel mundo que era tan
mío y que había amado tanto.
Cuando el taxi se acercaba a la estación del ferrocarril,
a pesar de las lágrimas y el descontrol de la despedida, reparé en algo que
para mí fue terrible...: ¡no me había despedido de mi papá! Y entonces reparé,
además, que ¡él no estuvo presente en el zaguán de la casa a la hora de este
adiós...! Pensé que debí haberme despedido de él antes de que partiera para
Anafito, trabajo del que no faltaba nunca, pero no lo hice... ¡Qué barbaridad!
¡Cómo pudo pasarme esto...!
Llegamos a la estación del tren en Andrade Marín,
entramos al coche de pasajeros y tomamos asiento en la primera fila, listos
para partir. De pronto, apareció en la puerta angosta de acceso al coche un
hombre alto y fornido, como una silueta confusa porque estaba a contraluz. ¡Era
mi papá...! ¡Qué alegría! seguramente él había esperado esta coyuntura para
despedirse de mí, a solas... en el último momento de la partida. Cuando se me
acercó no me acuerdo qué me dijo, pero recuerdo bien que se le fueron las
lágrimas..., lágrimas de hombre que me mojaron las fibras del alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario