El más remoto hecho que recuerdo de mi infancia es un
viaje maravilloso que hice a Quito, llevado con cariño por mi papá, cuando yo
tenía 6 años (1936), para visitar a mi mamacita internada en la “Clínica
Ayora”, en donde había sido intervenida quirúrgicamente en su útero por el
doctor Isidro Ayora (el expresidente), después de su décimo parto. Digo “viaje
maravilloso” porque para mí todo fue nuevo e increíble: el tren en que nos
embarcamos en la mañanita con mi papá, un artefacto imponente y exótico, que
andaba sobre un camino de hierro y se movía con leña humeante, haciendo un
ruido profundo y acompasado; el coche al que entramos por una puerta angosta,
era espacioso, con filas de asientos elegantes de mimbre italiano, nunca antes
vistos; la campanada y el tremendo pito del tren, antes de la partida –que
parecía el aullido de un gigante amenazador– me llenó de emociones encontradas;
en fin, me pareció maravillosa la humareda espesa que dejaba atrás, como una
cabellera indómita.
Y comenzó el viaje sin que me acuerde de nada más,
salvo que este coche tenía comedor, lo que me parecía de sueño. Tampoco me
acuerdo de nuestra llegada a Quito, en el terminal de Chimbacalle, pero sí de
la visita que hice con mi papá a la clínica Ayora, en lo que hoy es la calle
Sodiro, al extremo norte del parque de La Alameda, llevados por un taxi a
través de calles casi desiertas y empapadas por una lluvia pareja; allí se
encontraba mi mamá que convalecía de la cirugía en una cama alta. Me acuerdo
también de mis hermanos mayores, Luisito y Albertito, que estudiaban en la
Universidad Central y Colegio Mejía, respectivamente, y vivían en la calle
Junín del barrio San Marcos; me gustaron los cines Edén, Puerta del Sol y
Capitol, en donde vimos unas películas mejicanas, y –claro– el hotel Centenario
sito en la esquina noroccidental de la plaza de Santo Domingo, con un techo de
vidrio que para mí resultaba increíble, en el que se hospedaba mi papá. En fin,
de las frutas espléndidas que me regalaron los compadres Acosta cuando acompañé
a mi papá a visitarlos.
La ciudad de Quito era para mí como de leyenda y en la
realidad tenía cosas nunca antes vistas ni sospechadas: sus calles eran lisas y
los carros circulaban sin traqueteo, pero hacían sonar sus pitos todo el
tiempo, cosa que lejos de disgustarme, me agradaba. Yo pensaba que los carros
que circulaban por las calles no tenían otra ocupación que hacer sino
simplemente la de procurar que les viéramos y oyéramos. Me acuerdo de unos
artefactos nunca antes vistos que se llamaban «tranvías» que andaban sobre
caminos de hierro afirmados en el suelo; podían circular de frente o de
trasera, o mejor tenían dos frentes; como no tenían pito, daban la señal de
partida y de llegada con un sonido como de diapasón. Mi papá se hospedaba en un
hotel de nombre Centenario situado en una de las esquinas de la plaza Santo
Domingo (en la esquina noroccidental); algo que no acababa de admirar era que
el patio amplio de este edificio era el comedor común en donde estaban las
mesas y este patio estaba cubierto con un cielo todo de vidrio, increíble; mi
papá no usaba este comedor común, sino uno «reservado» que estaba en un cuartito
lateral en donde también yo le acompañaba.
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